Violencia machista 2026
Resumen: Desde 2003, 1.369 mujeres han sido asesinadas por violencia de género en España. Aunque las cifras muestran una tendencia descendente, la percepción social sigue desconectada de la realidad. Este artículo combina una reflexión personal sobre la pérdida de la inocencia —ese momento en que una mujer comprende que la estadística habla de ella— con el análisis del documental Serás hombre (2018) de la directora Isabel de Ocampo, que explora las raíces del machismo en la construcción de la masculinidad. Incluye datos oficiales año a año, información sobre el teléfono 016 y recursos de ayuda contra la violencia machista.
Serás hombre
Isabel de Ocampo
Teléfono 016
Datos 2003-2026
La cifra, el miedo y la pérdida de la inocencia
Ayer fui a comprar. No recuerdo qué. Pan, quizás. O leche. O ese detergente que promete eliminar las manchas invisibles. Las manchas invisibles me obsesionan últimamente. Pero no era eso. Era algo más banal, si es que existe algo más banal que el detergente. La cuestión es que entré en la tienda y la vendedora, una mujer de unos cuarenta y tantos años, me dijo que hacía un calor insoportable. Yo asentí, porque el calor siempre es insoportable cuando uno tiene algo insoportable dentro. Ella no tenía nada dentro, o eso creía, hasta que de pronto, mientras me daba el cambio —monedas frías, metálicas, indiferentes—, soltó que nunca había oído hablar de tantas muertas como ahora.
Me quedé mirando las monedas en mi mano. Parecían planetas minúsculos, redondos, sin vida. Pensé que la vendedora estaba descubriendo algo que yo conocía desde antes de que ella naciera, o quizás desde que yo nací, que es lo mismo. Le dije, con esa voz que adoptamos cuando queremos sonar compasivos sin parecer pedantes, que eso no era un problema actual. Que en el 2007, en un foro llamado Alicantecity —nombre que ahora suena a ciudad perdida, a Atlantis digital—, yo misma recopilaba y publicaba las cifras anuales para que nuestros más de 7.000 miembros fueran conscientes de la brutalidad de aquellas estadísticas. Ella me miró como se mira a alguien que afirma haber estado en la luna. Alucinada, sí, pero también un poco irritada, como si yo le estuviera robando su recién descubierta angustia.
Le dije, con ternura, que lo verdaderamente sorprendente no era la cifra, sino que la gente se siguiera sorprendiendo. Y en ese momento, mientras ella guardaba el dinero en la caja registradora —ese artefacto que traga y escupe números sin comprenderlos—, comprendí que existe una desconexión total entre lo que percibimos y lo que realmente ocurre. Vivimos en dos países simultáneos: el de los hechos y el de las sensaciones. El de los hechos es frío, matemático, implacable. El de las sensaciones es cálido, errático, traicionero. La vendedora habitaba el país de las sensaciones. Yo, por desgracia, había obtenido la nacionalidad del país de los hechos mucho antes de lo debido.
La vendedora estaba creyendo que la violencia iba a más. Quizás pensaba que, al llegar a cierta edad, el peligro se acercaba. No sé. No pregunté. Pero al poner los datos sobre la mesa —esa mesa invisible que comparten quienes ya no pueden mirar hacia otro lado—, la realidad nos golpea sin compasión. Aquí están los hechos, año a año, desde que comenzaron los registros oficiales:
2004: 72
2005: 57
2006: 69
2007: 71
2008: 76
2009: 58
2010: 74
2011: 62
2012: 51
2013: 54
2014: 57
2015: 59
2016: 49
2017: 49
2018: 52
2019: 56
2020: 50
2021: 49
2022: 50
2023: 58
2024: 49
2025: 48
2026: 28 (hasta 10 julio)
La tendencia general ha ido hacia el descenso desde aquellos años en los que yo publicaba las listas. Sin embargo, lo terrible no es la tendencia. Lo terrible es la verticalidad de lo que no tiene tendencia: desde 2003, 1.369 mujeres han sido asesinadas. Y aquí es donde entra la edad. No la edad de los números, que no envejecen, sino la edad de las víctimas. A lo largo de toda la serie histórica, el rango que registra el mayor número de asesinatos es el de 41 a 50 años. Seguido del de 51 a 60. No es casualidad. A menudo, esta edad es el punto crítico donde la acumulación de años de convivencia con el agresor y la dificultad para romper lazos tras una vida juntos crean una trampa letal. La trampa no es física. Es emocional. Es la trampa de haber construido un mundo con alguien que resulta ser tu carcelero.
O quizás —y esto me vino después, mientras caminaba de vuelta a casa con mi bolsa de la compra, que ahora sí recuerdo que contenía pan y un bote de champú— la sorpresa de la vendedora se debía a que había llegado a esa edad en la que se te cae la venda. Ese momento en el que una mujer comprende que la estadística no habla de extrañas, sino de nosotras mismas. Que te pueden matar, simplemente, por ser mujer. Es en ese instante cuando pierdes la inocencia que te hacía pensar que esas cosas eran lejanas. Cuando esa realidad se vuelve consciente, la cifra deja de ser un número para convertirse en una amenaza que camina a nuestro lado. El problema no es si ahora hay más o menos que antes; el problema es que, después de 1.369 vidas truncadas, seguimos necesitando que alguien nos recuerde la cifra para volver a sorprendernos. Y mientras la cifra no sea cero, cualquier comparación es solo una excusa para seguir mirando hacia otro lado.
O quizás la sorpresa de la vendedora es debido a que ha llegado a esa edad en la que se te cae la venda. Ese momento en el que una mujer comprende que la estadística no habla de extrañas, sino de nosotras mismas.
Pero yo no quería seguir mirando hacia otro lado. Quería entender por qué. No por qué mueren —eso es demasiado obvio: mueren porque hay hombres que matan—, sino por qué hay hombres que matan. Y entonces, como suele suceder cuando uno busca respuestas en lugar de consuelo, encontré un documental. No me encontró a mí; yo lo encontré, aunque a veces pienso que fue al revés. Se llama Serás hombre, y lo dirigió Isabel de Ocampo, una mujer de Salamanca nacida en 1970, ganadora de un Goya en 2009 por un cortometraje titulado Miente.
Isabel de Ocampo no es una directora cualquiera. Es una directora que se define como abolicionista de la prostitución, que fue presidenta de CIMA (la asociación de mujeres cineastas), que denunció en 2017, dentro del movimiento #MeToo, que a los catorce años sufrió una agresión sexual en el instituto. Catorce años. La misma edad en la que yo, probablemente, estaba preocupada por un examen de matemáticas. Ella, en cambio, estaba aprendiendo que el cuerpo de una mujer es territorio disputado desde antes de que la mujer tenga conciencia de serlo.
Serás hombre es un documental de noventa y cuatro minutos que establece tres líneas narrativas. La primera sigue a un ex-proxeneta que ha traficado con más de mil quinientas mujeres. La segunda sigue a Abel Azcona, un artista visual nacido en Madrid en 1988, hijo de una prostituta y de un putero desconocido que abusó de ella, que usa su propia existencia como carga política contra el sistema que permite que algo así suceda. La tercera línea transcurre en un aula de instituto, donde un profesor enseña a sus alumnos que los roles de género son fabricaciones históricas, y en una oficina de publicidad, donde un equipo de creativos reflexiona sobre su papel en la perpetuación del modelo de masculinidad.
El documental parte de una premisa que me dejó perpleja, aunque no sé por qué me sorprendió: históricamente, la masculinidad se ha definido como la negación de ser mujer, de lo femenino. Leí esa frase y dejé de respirar. O quizás no lo hice y solo lo imagino ahora para darle dramatismo al momento. El caso es que dejé de hacer lo que hacía. Porque si ser hombre es no ser mujer, y las mujeres ahora estamos desempeñando roles que tradicionalmente pertenecían a los hombres en exclusiva, entonces la masculinidad está inmersa en una crisis irreversible. Una crisis que obliga a redefinir qué significa ser un hombre en la actualidad y, más importante, qué no debería serlo.
Pensé en la vendedora. Pensé en mí. Pensé en las 1.369 mujeres. Y pensé en los hombres. No en los hombres malos —esos son fáciles de condenar, demasiado fáciles—, sino en los hombres normales, los que creen que no son parte del problema porque nunca han levantado la mano. Los que creen que la violencia machista es un asunto de psicópatas, de monstruos, de otros. Los que no comprenden que vivimos en una sociedad que ha fabricado la masculinidad como la negación de lo femenino, y que esa fabricación tiene consecuencias letales.
Isabel de Ocampo, con su cámara, no juzga. O al menos no juzga solo. Lo que hace es mostrar. Muestra al proxeneta arrepentido, sí, pero también muestra al artista que transforma su dolor en provocación, y al profesor que intenta desprogramar cerebros adolescentes antes de que sea demasiado tarde. Y entre estas tres líneas, como hilos de una tela que no termina de tejerse, aparecen los pensadores. Científicos, políticos, activistas, que abordan el tema de la masculinidad desde múltiples puntos de vista. El resultado es un collage, como dice la sinopsis oficial, sobre la noción de masculinidad que nos plantea preguntas de máxima actualidad.
¿Estamos los hombres en crisis? ¿Sirven hoy día los roles sociales que hemos heredado a través de siglos de historia? ¿Qué es el patriarcado? ¿Qué significa ser padre? Estas preguntas, que en otro contexto sonarían a abstracto académico, en boca de Ocampo y de sus protagonistas adquieren una urgencia visceral. Porque detrás de cada pregunta hay un cuerpo. Un cuerpo de mujer. Un cuerpo que dejó de ser cuerpo para convertirse en cifra.
El documental tiene un momento que no puedo olvidar. Es el encuentro final entre Abel Azcona y el ex-proxeneta. No está coreografiado. Es espontáneo, casi una performance concebida por el azar. El artista, hijo de la explotación sexual, se enfrenta al hombre que explotó. No hay violencia. Hay algo peor: hay reconocimiento. El reconocimiento de que ambos son producto del mismo sistema, aunque uno haya sido víctima y el otro victimario. Ese momento, breve, fugaz, contiene toda la complejidad que el resto del documental apenas logra vislumbrar. Porque al final, la pregunta no es por qué matan los hombres. La pregunta es qué les hemos enseñado sobre lo que significa ser hombre.
Volví a pensar en la vendedora. En su sorpresa. En su miedo recién estrenado. Y comprendí que su sorpresa y mi cansancio —porque yo ya no me sorprendo, solo me canso— son dos caras de la misma moneda. Ella acaba de llegar al país de los hechos. Yo llevo demasiado tiempo en él. Y entre su recién llegada y mi permanencia forzada, están las 1.369 mujeres que ya no pueden ni sorprenderse ni cansarse.
El problema no es si ahora hay más o menos que antes; el problema es que, después de 1.369 vidas truncadas, seguimos necesitando que alguien nos recuerde la cifra para volver a sorprendernos.
Y mientras la cifra no sea cero, cualquier comparación es solo una excusa para seguir mirando hacia otro lado.
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