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Simbiosis y Adolescencia

Simbiosis y Adolescencia

Simbiosis y Adolescencia: cuando crecer asusta a toda la familia

Un recorrido por el concepto de simbiosis en Análisis Transaccional, inspirado en el trabajo de Mª Pilar de la Figuera, psicóloga

Introducción: el vínculo que un día tiene que transformarse

Todo bebé nace en un estado de dependencia absoluta. Padres e hijo forman, durante los primeros años, una unidad funcional: el niño no puede satisfacer por sí mismo sus necesidades y son los adultos quienes piensan, deciden y actúan por él. En Análisis Transaccional a esto se le llama simbiosis, y es completamente sana y necesaria… durante la infancia.

El problema aparece cuando esa forma de relacionarse no evoluciona al mismo ritmo que crece el hijo. Y no hay etapa donde esto se ponga más a prueba que en la adolescencia, ese periodo en el que el cuerpo, la mente y las emociones del chico o la chica empiezan a decir alto y claro: «ya puedo sobrevivir por mí mismo», mientras la familia entera se pregunta, con más o menos angustia, si eso es verdad y qué hacer con ello.

1. Las señales de que la simbiosis empieza a romperse (y eso es bueno)

Hay indicios claros de que un adolescente está preparado, psicológica y fisiológicamente, para valerse por sí mismo. El primero, casi siempre, es económico: el deseo de trabajar, de tener su propio dinero, no solo por probar sus capacidades sino por conseguir independencia real. No es casual que muchos padres, sin saberlo, empujen justamente esa idea cuando repiten aquello de «a tu edad, yo ya trabajaba».

El segundo indicio es el crecimiento del Adulto en el chico o la chica: empieza a pensar por su cuenta, deja de pedir permiso constantemente para todo, y —sobre todo— empieza a preguntar por qué debe obedecer una norma, en lugar de aceptarla sin más. Ese «¿y por qué?» tan exasperante para muchos padres es, en realidad, una excelente noticia: es la construcción del Adulto psíquico funcionando exactamente como debería.

Como consecuencia lógica de este proceso, el adolescente empieza también a revisar las normas y tradiciones que ha recibido durante años —lo que en AT se llamaría su Padre psíquico «heredado»— y a opinar sobre ellas, se lo pidan o no.

Todo esto debería, poco a poco, ir rompiendo la simbiosis original. Y en muchas familias, efectivamente, así ocurre. Pero no es lo más habitual: toda la experiencia de vida familiar que se tiene hasta entonces es, precisamente, la relación simbiótica. Y enfrentarse a lo desconocido siempre da vértigo, más aún cuando lo que está en juego son los vínculos afectivos más importantes de la vida.

2. Cuando la simbiosis se vuelve disfuncional

No toda simbiosis prolongada es igual de dañina; varía en intensidad y duración. Pero cuando se mantiene de forma rígida, suele generar un patrón muy característico: el Triángulo Dramático, en el que padres e hijos se van turnando en los papeles de Salvador, Perseguidor y Víctima. Lo curioso —y doloroso— es que, cuando cada uno cuenta su versión, todos se sienten Víctima.

Por parte de los hijos

a) La resistencia a abandonar el estatus de niño

Se manifiesta de formas muy variadas:

  • La idealización de la infancia como «la época más feliz de la vida», mirando a los niños pequeños con nostalgia «porque ellos no tienen problemas».
  • El rechazo de los propios cambios corporales de la pubertad: el vello, en el caso de los chicos («lo que menos me gusta de los hombres es que sean tan peludos»); el desarrollo del pecho o la cadera, en el caso de las chicas, disimulados a veces con posturas que casi llegan a producir cifosis. El rechazo a la menstruación es también un síntoma bastante frecuente.
  • Seguir saliendo exclusivamente con la familia en lugar de con el grupo de amigos.
  • Eternizar los estudios sin llegar nunca a ejercer, convirtiéndose en «el eterno estudiante» que sigue dependiendo económicamente.

b) Las conductas pasivas

Retomando el concepto de Jacqui Schiff (1975), algunas conductas pasivas son fáciles de reconocer en la adolescencia:

  • Pedir ayuda constantemente para conseguir que otros lo hagan todo, en una clásica conducta de no hacer nada, casi como un intento de regresión a la infancia.
  • No atreverse a pensar ni a actuar por cuenta propia, como si no tuvieran ni siquiera criterio para elegir algo tan sencillo como una prenda de ropa.
  • Reforzar la inactividad con sobreadaptación («es que mamá dirá… es que papá pensará…»).
  • Y, cuando la inactividad no calma la tensión interna, el salto a la sobreagitación o incluso a episodios de violencia: una rabieta, un portazo, y de nuevo la parálisis.

c) El rechazo del Niño de los padres

Como refuerzo de todo lo anterior, es frecuente que el adolescente critique cualquier manifestación del Niño psíquico de sus padres: que salgan de noche, que hagan un viaje sin ellos, que se permitan un capricho. En el fondo, se trata de un intento —muchas veces inconsciente— de eliminar la «competencia» en la posición simbiótica que el adolescente prefiere ocupar: la de Niño.

Por parte de los padres

Durante años, muchos padres han renunciado, en cierta medida, a su propio Niño psíquico, desplazándolo hacia el de sus hijos. Esta identificación se nota en detalles como:

  • Hablar de los hijos en primera persona: «me suspende», «me aprueba» (cuando, evidentemente, quien se examina es el hijo, no el padre).
  • Trasladar a los hijos las exigencias académicas o profesionales que uno mismo no llegó a cumplir.
  • Comentar los logros de los hijos en cualquier contexto social —la oficina, el mercado, el autobús— como si fueran propios, con un cierto tono de posesión que revela, de fondo, una falta de respeto hacia la individualidad del hijo.

El intento de mantener la simbiosis por parte de los padres puede observarse desde tres ángulos:

a) Intentar prolongar la infancia de los hijos

Frases como «habría que guardarlos en alcohol para que no crecieran» o el hecho de llenar la casa de fotos únicamente de cuando eran pequeños son indicios claros. También lo es idealizar retrospectivamente al hijo niño como alguien que «no daba ningún problema» —básicamente, porque obedecía—, lo que a menudo termina transmitiéndole al propio adolescente una imagen negativa de sí mismo por el simple hecho de estar creciendo.

Suele ser la madre quien más se aferra a esta dinámica, algo comprensible si se tiene en cuenta que es ella quien ha vivido la simbiosis biológica de forma más intensa. Esto explica que a veces cueste renunciar a la intimidad física con los hijos, prolongando gestos —como seguir bañándolos— que ya no responden a una necesidad real, sino al deseo de mantener el vínculo tal y como era antes.

También es frecuente que los padres —normalmente la madre— dificulten la aceptación de los cambios corporales de la pubertad: impidiendo que la hija adolescente deje de vestirse «como una nena» o que el hijo se afeite el escaso bigote que empieza a salirle. O que utilicen, para dirigirse a ellos, un tono de voz protector o autoritario, marcadamente superior-inferior, en lugar de dirigirse a un igual.

Otras estrategias, más sutiles, consisten en limitar la autonomía del hijo bajo la excusa de la comodidad o la seguridad: no dejarles ir solos ni siquiera al colegio, impedirles una excursión «porque se puede hacer daño», o reforzar activamente sus conductas pasivas con frases como «no hagas esto, que mamá se disgustará». El padre, por su parte, suele favorecer esta misma inactividad pero desde fuera de casa: gestionando trámites académicos que el hijo podría hacer solo, decidiendo su carrera profesional, matriculándole en la universidad sin contar con él, o buscándole trabajo sin que él lo pida. En última instancia, impedir que el adolescente trabaje es también una forma —muy habitual y a menudo verbalizada abiertamente entre los propios padres— de mantener su dependencia económica: «al menos, así le sigo teniendo sujeto».

b) Reafirmar la propia posición de Padre/Adulto

Se escucha en expresiones como «yo como padre…» o «a un padre le agrada/le disgusta ver esto en sus hijos», y en la creencia —bastante extendida y bastante grandiosa— de que, como los padres quieren lo mejor para sus hijos, «nunca se equivocan». De ahí a decirle al hijo «civilmente serás mayor de edad, pero para mí siempre serás un crío» hay solo un paso.

c) Descontar el Adulto de los hijos para eliminar la «competencia»

Aquí entrarían frases como «¿quién te estará influyendo?» o «es que eres muy influenciable», que dan a entender que los padres no solo pueden influir en sus hijos, sino que deben hacerlo, porque de lo contrario estarían fallando en su papel. Este descuento del Adulto también aparece en comentarios como «antes tenías las ideas más claras, y ahora tienes un lío en la cabeza con tantas teorías como estudias» —normalmente cuando se comprueba que el hijo piensa de forma distinta a los padres—, en no escucharles, en sermonear constantemente, o en asombrarse de que el hijo razone bien «para la edad que tiene». Sobre todo, se suele descontar su capacidad para salir solo, cuidarse fuera de casa y relacionarse con el sexo opuesto, viéndolo como alguien indefenso y amenazado que necesita, por tanto, seguir siendo protegido.

Esto no significa que los padres deban desentenderse de la educación de sus hijos adolescentes, ni que no existan situaciones reales que requieran vigilancia o protección. El adolescente necesita límites y necesita saber que existen; de lo contrario, se sentirá desprotegido justo en el momento en que más necesita seguridad y apoyo. La clave está en no ignorar, al mismo tiempo, la existencia de su Adulto.

3. Por qué cuesta tanto romper la simbiosis

La simbiosis disfuncional tiende a prolongarse cuando existe una concordancia de actitudes simbióticas entre padres e hijos: dicho de otro modo, cuando a ambas partes, por razones distintas, les conviene mantener el mismo equilibrio de fuerzas. No es raro que, si esto no se resuelve, la persona que ha crecido acostumbrada a este tipo de vínculo termine buscando —de adulta— compañeros de vida, trabajo o ideología con los que reproducir la misma dinámica: siempre hay quien disfruta mandando y quien disfruta dependiendo.

Sin embargo, lo más habitual no es esta complicidad silenciosa, sino justamente el conflicto: los hijos que quieren independizarse frente a padres que no se atreven a permitirlo. Es muy típico escuchar un diálogo como este:

— «Hay que obedecer sin pedir explicaciones. Toda la vida ha sido así.»

— «Estás anticuado. Ahora ya no es así. El mundo ha evolucionado.»

Y ahí empieza el choque. Pero basta con cambiar ligeramente las palabras para descubrir el significado real —inconsciente para ambos— que se esconde detrás de esa discusión:

«Toda la vida FAMILIAR ha sido así hasta ahora.»

«Ahora ya no es así: MI MUNDO ha evolucionado.»

Ninguno de los dos está realmente equivocado. Simplemente están describiendo mundos distintos: uno, el que ha conocido hasta ahora dentro de casa; el otro, el que empieza a descubrir fuera de ella.

Este conflicto puede ser tan incómodo como los últimos meses de un embarazo, cuando tanto la madre como el bebé empiezan a sentirse cada vez más incómodos con una situación que ya ha cumplido su función. Y conviene recordar algo importante: por mucho que apetezca recuperar la comodidad de antes, no se puede volver al nirvana primitivo. El cambio da miedo a ambas partes, aunque por motivos distintos: los hijos, porque no tienen otra experiencia de vida familiar que esta, y la simbiosis ha sido, hasta ahora, una cuestión de supervivencia física y psíquica. Los padres, porque temen perder a sus hijos física y afectivamente por haber «soltado amarras» antes de tiempo. Y nunca terminan de sentir que están suficientemente preparados.

4. Romper la simbiosis sin romper el vínculo

Ante este miedo compartido, tanto padres como hijos necesitan permiso para romper la simbiosis, y es fundamental procurar que ese proceso ocurra sin violencia.

El permiso que necesitan los padres

A veces existe en el Padre psíquico de los progenitores una especie de cláusula oculta que les impide soltar a sus hijos hasta que se cumpla determinada condición: «hasta que sean mayores de edad», «hasta que vayan a la universidad», «hasta que terminen la carrera», «hasta que se casen» (en el caso de las hijas, a veces bajo el supuesto tácito de que entonces «pasarán a depender de su marido»). O, en la versión más extrema, un simple nunca: «porque siempre seré tu padre» o «siempre seré tu madre». Cuando existe este tipo de mandato interno rígido, los padres necesitan no solo permiso, sino también protección para desobedecerlo, y es fundamental apoyar su capacidad real para hacerlo, evitando que la culpa se convierta en el obstáculo principal.

Es importante que sepan, además, algo esencial: los adolescentes, por muchos conflictos que generen con sus padres, no dejan de quererles por ello. Al contrario: suelen quererles más que nunca, y temen sobre todo que sean los propios padres quienes dejen de quererles a ellos. Y, sobre todo, conviene que padres e hijos entiendan que romper la simbiosis no deteriora la intimidad entre ellos, sino que la intensifica; lo que sí la deteriora es mantener la simbiosis más allá de su momento, igual que un parto retrasado artificialmente puede causar serios daños tanto en la madre como en el hijo.

El permiso que necesitan los hijos

Para el adolescente, este permiso es todavía más necesario, ya que la ruptura de la simbiosis afecta directamente a su independencia respecto a los padres, y puede generar una culpabilidad considerable si el proceso se vive con tensión o violencia.

Aquí, la protección resulta imprescindible, dada la inseguridad propia de esta etapa y la falta de experiencia previa en una forma de vida no simbiótica. Conviene, además, subrayar y apoyar activamente su potencia: ayudarle a descubrirla, celebrar sus logros, y procurar evitarle tanto la agresividad como la culpabilidad innecesaria.

Una ruptura sin violencia

Puede ser útil, en este punto, recordar las recomendaciones del doctor Leboyer para un nacimiento respetuoso, y trasladarlas —salvando las distancias— a este otro «nacimiento» psicológico:

  • No precipitar artificialmente el proceso, ni tampoco entorpecerlo por miedo.
  • No separar bruscamente al hijo de sus padres.
  • Evitar un ambiente agresivo.
  • Y, sobre todo, no cortar el vínculo mientras todavía esté vivo, para que el hijo pueda estrenar su nueva forma de vida sin angustia.

Del mismo modo que ocurre en un nacimiento físico, tampoco conviene alarmarse ante posibles episodios regresivos: es natural que, en momentos de conflicto o cuando se ha ido demasiado lejos en la experimentación de nuevas posibilidades, el adolescente busque refugio temporal en su terreno más conocido, la infancia. No es extraño ni patológico. Igual que el recién nacido a veces necesita «descansar» un instante de respirar por sí mismo, la adolescencia no es un salto instantáneo de la infancia a la madurez, sino un proceso que —conviene recordarlo— dura años.

Desde la protección y desde una actitud de no violencia, es recomendable conectar con el Adulto del adolescente y ofrecerle toda la información que necesite sobre sus propios cambios y sobre el proceso de ruptura de la simbiosis, invitándole también a que sea él mismo, desde su Adulto, quien vaya informando a sus padres sobre el crecimiento de su propio Padre y Adulto internos, de modo que ellos puedan comprobar que ya no es necesaria su labor de «suplencia» en esas estructuras psíquicas. Y, del mismo modo, es importante que el adolescente respete —sin impedir— la presencia y actualización del Niño de sus padres. Todos salen ganando.

En ambos sentidos, tanto para padres como para hijos, puede resultar de gran ayuda el uso de contratos que faciliten y clarifiquen este proceso de transición.

Sencillamente.

5. Un cuento para cerrar: la perla y el dolor

Para terminar, vale la pena recuperar una pequeña historia —versión libre de un relato de Khalil Gibran— que ilustra, mejor que cualquier explicación técnica, lo que significa este proceso de crecimiento y transformación:

Había una vez, en el fondo del mar, dos ostras cerradas y calladas. Una de ellas, con mucho miedo, se atrevió a hablar: «Tengo un dolor terrible dentro de mí. Es pesado, y es redondo, y estoy desesperada…»

La otra, al escucharla, se puso muy tiesa y le contestó con desprecio: «Qué rara eres. A mí no me pasa nada de eso. Yo estoy bien, estoy íntegra por dentro y por fuera.»

Pasaba por allí un pececito rojo que las oyó hablar, y se detuvo. Y a la ostra que había reconocido su dolor le dijo: «Lo siento por la que pretende ser tan perfecta. Porque el dolor que sientes dentro de ti es, en realidad, una perla preciosa.»

Para terminar

Crecer duele. Y dejar crecer, también. La adolescencia no es solo la etapa en la que un hijo se prepara para vivir sin sus padres: es también la etapa en la que unos padres tienen que aprender a vivir sin que su hijo les necesite de la misma manera que antes. Ninguna de las dos cosas ocurre de golpe, ni sin miedo, ni sin algún que otro portazo por el camino.

Pero, como recuerda este pequeño cuento, lo que a veces se vive como una crisis insoportable —ese «dolor pesado y redondo»— puede terminar siendo, con el tiempo y con permiso para atravesarlo, una perla. Y las perlas, como se sabe, solo se forman cuando algo incómodo se queda dentro el tiempo suficiente para transformarse en otra cosa.


Artículo inspirado en el ensayo «Simbiosis y Adolescencia» de Mª Pilar de la Figuera, psicóloga, publicado originalmente en la Revista de Análisis Transaccional y Psicología Humanista.

 
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